Entre la queja constante y la impunidad ante la crítica

 Por Rubén Benítez (Profesor de Filosofía del IES El Calero):

 

«La presión sobre la libertad de opinión se ha hecho inaguantable. Se miden tanto las palabras -no se vaya a ofender cualquier tonto ruidoso, o las legiones que de inmediato se le suman en las redes sociales- que casi nadie dice lo que piensa.»

Javier Marías, Cuando los tontos mandan

 

Vivimos en sociedades cada vez más infantilizadas. Una de las muestras más palpables de esta característica podemos encontrarla en el hecho de que en la actualidad resulta muy difícil, por no decir casi imposible, que alguien asuma o reconozca una crítica (no digamos una culpabilidad), ni siquiera cuando esta se haya hecho sin acritud ni ganas de hacer daño, sino con la intención de mostrar una mera disidencia.

Véase, si no, la actitud de buena parte de nuestros representantes públicos cuando son pillados en alguna falta o negligencia o infracción: de entrada, ninguno se plantea la dimisión de su cargo público (lo vivimos hace poco con el “caso Cifuentes”); con frecuencia, y a pesar de las pruebas, adoptan actitudes envalentonadas y chulescas, como si eso fuese una prueba de su inocencia.

Lo más frecuente hoy en día es que cualquier crítica sea interpretada como un menoscabo hacia el trabajo individual, que inmediatamente queda en entredicho, cuando no como un directo menosprecio hacia la persona, cuya valía queda seriamente cuestionada.

Una de las nefastas consecuencias de esta actitud es que parece haberse instalado en el ambiente la creencia de que cualquier comentario dicho al albur, sea neutral u ofensivo, conveniente o perjudicial, pertinente o inadecuado, nace ya inmunizado ante la crítica. Y esta actitud crítica pasa a convertirse de forma inmediata en algo desfasado y extemporáneo, en el mejor de los casos, o una característica propia de personas constantemente malhumoradas, con cierta tendencia a la misantropía, en el peor de ellos.

Paradójicamente, en paralelo a esta tendencia, vivimos en una sociedad instalada en la queja, extremadamente sensible ante cualquier crítica. Como señala Javier Marías en su artículo “Cuando los tontos mandan”: “Hoy no es nadie quien no protesta, quien no es víctima, quien no se considera injuriado por cualquier cosa, quien no pertenece a una minoría o colectivo oprimidos. Los tontos de nuestra época se caracterizan por su susceptibilidad extrema, por su pusilanimidad, por su piel tan fina que todo les hiere”.

 

 

Sin embargo, sin esa capacidad crítica, que incite a la reforma de lo inadecuado o ineficaz o imprudente por algo más pertinente o lícito, es de temer que nos vayamos acercando cada vez más a aquello que Marcuse denominó la “uniformización del pensamiento”: una sociedad en la que prácticamente se haya extinguido el derecho a la disidencia, a exponer las discordancias y los desacuerdos en los foros públicos, la sana contraposición de diferentes puntos de vista.

Se trataría de una sociedad muy próxima a aquella distopía que una vez imaginó Aldous Huxley, en la que los ciudadanos están “inevitablemente” conformes con todo, sin manifestar sus desacuerdos ni sus conflictos. Una sociedad que tampoco albergaría la posibilidad de cambio, puesto que todo en ella sería tan armónico como perfecto. Viviríamos entonces en aquel “mundo feliz” imaginado por Aldous Huxley.

 

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