Contra la sociedad teledirigida

Una reseña sobre Homo videns. La sociedad teledirigida, de Giovanni Sartori

Por Rubén Benítez (Profesor de Filosofía del IES El Calero)

 

«De modo que la visión de conjunto es ésta: mientras la realidad se complica y las complejidades aumentan vertiginosamente, las mentes se simplifican y nosotros estamos cuidando -como ya he dicho- a un vídeo-niño que no crece, un adulto que se configura para toda la vida como un niño recurrente.»

Giovanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida

 

(I)

“En el principio era el Verbo”. O eso, al menos, es lo que proclama el Evangelio de San Juan: el verbo, el logos, la palabra para designar los objetos, la realidad misma.

Por su parte, en su libro I de la Política, Aristóteles afirmó que el ser humano es un zoon politikón, un “animal social” que tiende de manera natural a agruparse con sus semejantes formando núcleos de individuos cada vez más grandes: el agrupamiento básico de individuos constituye una familia, una agrupación de familias constituye una aldea y una agrupación de aldeas constituye la polis o “ciudad-estado”.

Según Aristóteles, la prueba de que el ser humano es un “animal social” radica en que, a diferencia del resto de los animales, posee un lenguaje que le permite comunicarse y “manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto”.

El concepto logos tiene dos significados complementarios: puede traducirse como “palabra”, pero también como “razón”. Y que, desde los comienzos de nuestra cultura occidental, la “razón” ha estado unida a la “palabra”. De esta manera, el concepto tradicional de “razón” se ha consolidado como “razón discursiva” y el ser humano como homo sapiens.

Sin embargo, este entramado tradicional de ideas y creencias se encuentra amenazado en la actualidad debido al auge de la cultura de la imagen, que ha conseguido desplazar el lugar privilegiado que hasta hace poco tenía la palabra en nuestra cultura.

De esta cuestión trata el ensayo de Giovanni Sartori titulado Homo videns. La sociedad teledirigida. No por conocida, la tesis del libro es menos apabullante: la televisión, el principal medio de comunicación de masas, está transformando no sólo la esencia simbólica del humano, basada en su capacidad para utilizar un lenguaje abstracto -tal y como señaló Aristóteles hace 2400 años-, sino también la naturaleza del tejido social en el que se encuentra inmerso, y no precisamente para mejor.

Esta hegemonía de la imagen sobre la palabra implica una drástica reducción y limitación del lenguaje y, por ende, una depauperización del pensamiento conceptual: “La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella nuestra capacidad de entender (…) El lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más pobre no sólo en cuanto a palabras (al número de palabras), sino sobre todo en cuanto a la riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa”.

De ahí que Sartori proponga sustituir la antigua y, a su juicio, ahora ya obsoleta denominación del ser humano como homo sapiens, producto de la cultura escrita, por la de homo videns, que designa este desplazamiento de la palabra por la imagen.

 

(II)

No hay más que echar un vistazo a los estudios realizados sobre el tema (el tan socorrido “Informe PISA”, por ejemplo) para comprobar cómo la comprensión lectora de los jóvenes se ha reducido drásticamente en los últimos años, incluso hasta límites preocupantes, y cómo a las instituciones educativas les resulta cada vez más complicado luchar contra esa inercia.

La mayoría de estos jóvenes muestran un acusado desinterés por la lectura y una irrenunciable desgana ante la perspectiva de invertir tiempo y esfuerzo en alterar este nuevo orden imperante.

Para poder atraer su atención -una atención, eso sí, que es cada vez más hiperactiva y superficial-, pero con escasa capacidad de profundización y de relación, es necesario hacerlo precisamente a través de la imagen. Pero la imagen, el lenguaje perceptivo, ya se ha visto, es limitado en cuanto a riqueza de significado y a capacidad connotativa. Y esta característica también es apreciable, como señala Sartori, en la utilización del lenguaje.

El lenguaje de los jóvenes no sólo es precario y limitado, sino meramente aproximativo e impreciso, carente de rigor, incapaz de una construcción precisa y clara, abundante en incoherencias y contradicciones. Un lenguaje que abusa de la función neutra de los demostrativos -“esto”, “eso” y “aquello”- para designar tanto los objetos del mundo exterior, como los sentimientos, los deseos y las creencias del mundo interior.

No digamos nada si, en lugar de centrarse el discurso en objetos concretos o “cosas”-, intenta articularse en torno a conceptos abstractos tales como “justicia”, “representatividad”, “sabiduría”, “bien”, “felicidad”, “democracia”, “legitimidad” o “derecho”. ¿Cómo es posible enseñar y aprender estos conceptos a través de un carrusel hiperactivo de imágenes?

 

(III)

Como filósofo político, Giovanni Sartori no sólo transita de la sociedad al individuo, sino también del individuo a una sociedad caracterizada por la transmisión constante de información.

Para empezar, Sartori desenmascara una equivocación muy habitual, y no por repetida menos asumida: la acumulación de información no equivale a conocimiento, y mucho menos a sabiduría: “La información no lleva a comprender las cosas: se puede estar informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar de ello no comprenderlas. Es correcto, pues, decir, que la información da solamente nociones”.

Habría que añadir a esta cita que sigue siendo una situación mucho más propicia a la adquisición de conocimiento estar informado que no estarlo. Lo que pretende subrayar Sartori es algo de sentido común que se cae por su propio peso: el mero hecho de estar informado sobre algo no es garantía de poseer un mejor conocimiento sobre ese algo.

Para apoyar su argumentación, Sartori se extiende en algunos conceptos esenciales que explican los dislates de la sociedad de los grandes medios de comunicación, como es el de la “subinformación” -una información insuficiente que empobrece la noticia-, o el de la “desinformación” -noticias falseadas que inducen a engaño a quien las escucha: las célebres “fake news” que tanto le gustan a la actual administración americana-, o la nada desinteresada influencia de los sondeos en la opinión pública y en la democracia.

La apuesta de Sartori es fomentar a través de la educación -la paideia griega- a ciudadanos no sólo (in)formados, sino también y, sobre todo, a individuos capaces de conciliar su interés individual con el bien comunitario. De tener éxito, estaríamos a las puertas de conseguir lo que él denomina un “demos potenciado”, esto es, un colectivo de ciudadanos competentes para resolver los problemas políticos, frente al “demos debilitado” que representa la mayoría de las democracias occidentales, incluidas las europeas, una egoísta e insolidaria multitud que suele delegar sus funciones en manos de sus representantes elegidos por la mayoría.

 

 

 

2 Comentarios

  1. Cuanto menos para reflexionar…
    Estamos viendo una sociedad demasiado dependiente de internet, bien para resolver cualquier duda de cualquier materia o bien para dar información que llega más rápido y resolución de problemas sin hacer el más mínimo esfuerzo.
    No quiero decir con esto que internet es malo no. Lo que es malo es uso que le damos. Todo viene de dentro de las casas. Con edades tempranas ya vemos niños con móvil y con acceso a internet, no se les da por un bien, se les da para que estén entretenidos mientras se llega casa reventados de trabajar, y la respuesta a un problema planteado por nuestros hijos es ” busca en internet”
    Es aquí donde empieza la pérdida del lenguaje cultural.
    Las televisiones luchan para ver qué programa da más audiencia y enseña que un “personaje” de Gran Hermano llega más lejos que un ingeniero, por poner un ejemplo. Y como dice Sartori empezamos a coger información que no nos supone un conociendo exacto de aquello de lo que hablamos.
    Como lectora he visto que libros que hicieron trabajar mi imaginación quedan destrozados cuando son llevados al cine. Sartori dice grandes verdades de la carencia intelectual de nuestra sociedad, una que ha perdido valores, tanto sociales como culturales.
    En primaria tanto docentes como padres podríamos poner en valor la importancia del conocimiento y el lenguaje.
    Ahora, si un adolescente utiliza palabras como falacias, disertaciones, retroalimentación (feetback)… Que un adolescente escriba, debata, interactúe, empatice, respete y además aprenda es como padres nuestro mayor orgullo.
    Por eso repito, consensuar esto desde primaria debe ser una obligación tanto por parte de los docentes como de los padres.
    Un gran artículo Rubén,y una gran exposición la que hace Sartori en el vídeo.

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