Un mundo desigual

(Sobre la riqueza y la pobreza)

Por Victoria Torres Rodríguez (4ºA, materia de Filosofía):

 

A simple vista, cada vez que oímos la palabra desigualdad, nuestra mente enfoca de manera inconsciente dos términos clave: la pobreza y riqueza. Y no es mentira decir que estos conceptos van muy enlazados uno de otro. Si la palabra riqueza, en esta ocasión, tuviera una definición gráfica, sería aquella imagen de una persona llena de lujos, mucho dinero, etc. Por otra parte, el término pobreza estaría más enfocado a aquella representación de una persona buscando comida en un basurero, con ropas harapientas y en penosas condiciones. Pero, ¿y si preguntamos a otras personas de otros ámbitos sociales cuál sería su definición de estas? Probablemente si le preguntásemos a un sujeto muy adinerado sobre la miseria, quizás su idea mental sería básicamente nuestra propia representación, sin embargo si le cuestionásemos cuál sería su descripción sobre la opulencia a cualquier trabajador de las minas de Sudán, tal vez sería de nuevo nuestra propia imagen. Pero, ¿para qué me sirve saber esto?

A través de lo anteriormente mencionado podemos deducir que la desigualdad puede ser algo como la situación socioeconómica que se presenta cuando una comunidad, grupo social o colectivo recibe un trato desfavorable respecto al resto de miembros del entorno al que pertenecen. Por lo tanto, este desequilibrio del que tanto hablamos es relativo y debido a eso no siempre es tan grave como nos la imaginamos.

Si profundizamos mejor, nos daremos cuenta de que en el pleno siglo XXI en el que vivimos, de no ser por la desigualdad, muchas de las estructuras económicas utilizadas actualmente se verían muy afectadas. Un ejemplo muy sencillo es el propio capitalismo, un juego de suma cero: para que uno gane, otro tiene que perder. Y fue el mismo Thomas Piketty, autor de “El Capital en el siglo XXI”, quien afirmó que la acumulación de capital inherente al sistema capitalista puede darse gracias a ciertas disparidades.

Aunque si nos parasemos a pensar, es injusto que personas cuenten con ventajas respecto a otros cuando estas obedecen a las arbitrarias contingencias del destino (la suerte). Porque es cierto, el hecho de nacer en el seno de una familia poderosa o humilde no es ni siquiera nuestra propia decisión. Asimismo, el simple hecho de poseer una buena calidad de vida es un derecho humano irrebatible, ya que permite un buen desarrollo del ser humano y la pobreza causada por este hecho es un impedimento para lograrlo, y genera un efecto totalmente contrario. Incluso esta misma desigualdad es la que provoca a diario el desperdicio de talento y es la misma que divide a la sociedad profundamente, ya que deriva a problemas mayores de discriminación.

Debido a esto, es de vital importancia que una vez asegurados estos derechos formales, se les sea dotado a todos los ciudadanos de herramientas que posibiliten el despliegue de dichas libertades en el espacio público, sin arbitrariedades de por medio que impidan a la sociedad a realizar esto debido a diferencias socioeconómicas.

Desde este punto de vista no nos vemos obligados a optar entre crecimiento y redistribución. Por el contrario, tanto por la fuerza moral de cada uno de los argumentos reseñados como por los intereses de largo plazo, se nos exige como país ser capaces de recorrer ambos senderos al mismo tiempo. El estado de bienestar representa uno de los hitos sociales e intelectuales más trascendentales de la humanidad. Ha de extenderse y perfeccionarse, pero es legítimo argumentar, que la existencia de una desigualdad global tan extrema, las posibilidades del desarrollo se reducen a nada. Finalmente, como derecho humano que es poseer una calidad de vida decente, visto desde el punto de vista neutral, es inequívoca que la desigualdad es justificada y por lo tanto la mejor solución podría ser la regulación de esta con ayuda de los países afectados y sobretodo de los no afectados.

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