Sobre la creación literaria

 

«La vocación literaria no es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos.»

Mario Vargas Llosa, Cartas a un joven novelista

 

El trabajo literario genera su incertidumbre, su fiebre y su propia adrenalina. Cualquiera sabe que uno de los principales problemas a la hora de culminar un proyecto literario es que requiere de mucho esfuerzo y de grandes dosis de perseverancia.

Se trata de sentarse todos los días delante del ordenador, escribir y reescribir diferentes versiones de borradores que reflejen de la manera más fiel posible el mensaje que se pretende transmitir, volver constantemente sobre lo escrito para no perder el hilo, incluso limitar las lecturas o supeditarlas al tema sobre el que se está escribiendo en ese momento.

Con independencia del género que se escriba, la culminación de cualquier proyecto literario puede llegar a convertirse en un auténtico suplicio para las mentes más inquietas, desordenadas o impulsivas, porque exige una disciplina, una constancia y unos hábitos de trabajo que no siempre son fáciles de adquirir.

Si uno no quiere permanecer media vida enfrascado en un proyecto interminable, resulta necesario ponerle riendas a la curiosidad insaciable, igual que Platón pretendía domesticar los excesos del “alma concupiscible” con el auxilio del “alma irascible” y la supervisión del “alma racional”.

Posiblemente haya que dejar de escribir y de publicar entradas en blogs y en redes sociales, suspender la lectura de los periódicos y del correo electrónico, limitar los escarceos por internet o restringir la vida social, incluidas las visitas a exposiciones y las presentaciones de libros y los viajes que a uno tanto le apetece hacer.

Cuando uno se encuentra enfrascado en la tarea de darle forma a un proyecto literario, puede que hasta la lectura de una simple revista que no tenga nada que ver con el proyecto parezca una fastidiosa, eludible y mayúscula pérdida de tiempo.

Y cuando no queda más remedio que interrumpir la escritura por cansancio, por causas imprevistas o por simple desidia, uno no puede evitar sentirse culparse por haber dejado a medias la tarea (con todo lo que eso implica, como haber perdido el hilo de la concentración, o ignorar si será posible recuperar el trabajo justo en el punto en el que se había dejado).

El trabajo literario es un engranaje que se retroalimenta contantemente, sobre todo, cuando uno intuye que el final se encuentra cerca, porque puede que el sueño de ver transmutado todo el esfuerzo en un libro se convierta en realidad.

 

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