Serie Borges (III): La difuminación de los géneros literarios

La difuminación de los límites genéricos entre literatura y filosofía, ficción y especulación responde a una doble tendencia. Por un lado, existe lo que podríamos denominar -a falta de un concepto mejor- una “ficcionalización del ensayo”. Esta tendencia se caracteriza por la introducción de elementos tradicionalmente literarios en textos de índole filosófica.

El título de sus obras puede ser un buen punto de partida para analizar esta tendencia. Historia de la eternidad es un título más narrativo que filosófico por la propia paradoja que plantea: el propósito de historiar la eternidad es tan estéril como imposible. Quizás responde a la intención de un Borges inseguro de trasladar la ubicación de la obra de los cánones clásicos que delimitan el ámbito filosófico a los terrenos más flexibles de la narración.

Pero la “ficcionalización del ensayo” va más allá de la mera elección de un título sugerente para encabezar una obra e incorpora elementos intratextuales que merece la pena analizar, por ejemplo, la incorporación de anécdotas personales o resúmenes de historias que, tradicionalmente, son excluidas del discurso filosófico.

Por ejemplo, al final del ensayo homónimo del libro, y después de analizar la evolución del concepto de eternidad a lo largo de la tradición filosófica y teológica occidental, en “Historia de la eternidad” Borges introduce su “teoría personal de la eternidad” y transcribe una página perteneciente a su libro El idioma de los argentinos (1928) titulada “Sentirse en muerte”. La página es cuestión no va más allá de señalar una experiencia personal que tuvo paseando por las calles de un barrio periférico de Buenos Aires:

…Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.

Después de varias páginas de argumentación filosófica explicando los avatares del concepto de eternidad, Borges recurre a una experiencia de origen psicológico –ni un solo argumento a favor- para explicar “su” concepto de eternidad, con lo cual contamina la exposición de un subjetivismo que poco tiene que ver con la neutralidad emocional, para rebatir nada menos que dos mil quinientos años de tradición filosófica. No parece, desde luego, que sea la mejor forma de concluir un ensayo de tal envergadura metafísica, echando por tierra la supuesta objetividad del ensayista.

Complementando la tendencia anterior, existe otra tendencia de sentido contrario que podríamos denominar una “ontologización de la narración”. Esta tendencia se caracteriza por la utilización de temas y conceptos filosóficos –el tiempo, la eternidad, la identidad, la historia, la causalidad, etc.- a modo de inspiración de las tramas narrativas. Dicho en otras palabras, Borges utiliza un concepto o problema filosófico como columna vertebral de una trama narrativa que teje en torno a éste. Pero de nuevo encontramos en esta tenencia la incorporación elementos intratextuales que van más allá del recurso a la filosofía como fuente de inspiración. Es un dato significativo la introducción de profundas reflexiones filosóficas sobre conceptos abstractos -o sobre las consecuencias que de éstos se derivan para la vida humana- complementando la trama narrativa. Por ejemplo, en el cuento “El inmortal”, perteneciente a El Aleph (1949), en la parte IV incluye la siguiente reflexión, más deudora del “ser-para-la-muerte” heideggeriano que de la narrativa de Edgar Allan Poe. Borges no se conforma con relatar los avatares de su protagonista Inmortal, sino que introduce una disertación en medio del cuento sobre las consecuencias de la muerte como portadora de sentido último para la vida humana.

La conclusión de estos ejemplos es evidente. En los párrafos anteriores hemos seleccionado dos fragmentos en los que se condensa la idea principal de los textos elegidos, Historia de la eternidad y El Aleph, un libro de ensayos y otro de cuentos, respectivamente. Sin embargo, los fragmentos seleccionados, que contienen la idea principal de los textos, no tienen nada que ver con las “características tradicionales” del ensayo ni de la narración en “estado puro”.

En efecto, las categorías tradicionales para hablar de la obra de Borges se quedan obsoletas debido a su carácter poco limítrofe, y nos referimos a su obra como un híbrido, miscelánea o conjunción de elementos filosófico-literarios que desdibujan la cada vez menos nítida línea divisoria entre la literatura y la filosofía, lo narrativo y lo especulativo, el “lenguaje de la ficción” y el “lenguaje de la verdad”. De ahí que se haya dicho:

En realidad no hay un Borges cuentista, un Borges poeta y un Borges ensayista, sino uno solo: su voz es esencialmente la misma y cualquier parte del sistema remite al centro, y viceversa. No existe una conciencia rígida de los géneros en Borges, que continuamente cruzó esas fronteras y supo filosofar como escritor de ficciones y ser poeta cuando escribía ensayos.

¿Por qué encontramos en Borges esta “simbiosis” entre literatura y filosofía? ¿Por qué esta confusión entre el “lenguaje de la verdad” y el “lenguaje de la ficción”? Las respuestas a estas preguntas pasan por analizar la concepción del lenguaje y la relación existente entre lenguaje y realidad, que se desprenden de la obra borgesiana.

Para seguir profundizando en la obra de Borges:

 

 

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