Pessoa en la biblioteca municipal (Relato)

“Es en la biblioteca pública donde el libro manifiesta con plenitud su capacidad de multiplicarse en tantas voces como lectores tengan sus páginas; donde se ve más claro que escribir y leer, dos actos solitarios, lo incluyen a uno sin embargo en una fraternidad que se basa en lo más verdadero y lo más íntimo que hay en cada uno de nosotros y que no tiene límites en el espacio ni en el tiempo”.

Antonio Muñoz Molina, “De una biblioteca a otra”

 

“Sin exageración puedo decir que en el Reading Room de la British Library he vivido cuatro o cinco tardes por semana de todas mis estancias londinenses a lo largo de tres décadas y que aquí he sido inmensamente feliz, más que en ningún otro lugar del mundo”.

Mario Vargas Llosa, El lenguaje de la pasión

 

Por pura casualidad, en el intervalo de un pequeño descanso, acabó curioseando los libros de Fernando Pessoa que había en la biblioteca. Al tratarse de una biblioteca municipal, por la tarde se llenaba de bulliciosos adolescentes que venían a hacer los deberes de clase o a preparar algún examen. Pero a primera hora de la mañana, era un remanso de paz tan solo frecuentado por opositores disciplinados, parados ociosos y algunos pobres jubilados que no podían pagar la cuota de internet.

Siempre había sentido una secreta admiración por aquellos escritores que han declarado haber escrito buena parte de su obra en bibliotecas públicas, como Vargas Llosa en la British Library de Londres, o Muñoz Molina en algunas de las tantas que frecuentaba cuando vivía en Nueva York. Borges solía imaginar que el universo debía parecerse a una biblioteca infinita, y que el mundo es una especie de texto cifrado en el que los seres humanos somos sus letras.

También él había pasado largas y gozosas horas en esos templos paganos destinados al conocimiento y al disfrute de los libros, primero en bibliotecas municipales atestadas de estudiantes alborotadores, y luego en bibliotecas más exquisitas y especializadas.

Aquella modesta pero hospitalaria biblioteca era una construcción típica que había conseguido conservar el aspecto de la arquitectura tradicional. Tenía un patio interior poblado de árboles y de flores, con una enorme palmera en el centro, una zona de esparcimiento para leer el periódico o tomar un café, y unos bancos de madera bañados por los tímidos rayos de sol que se filtraba entre las ramas. El espacio de trabajo más tranquila de la biblioteca era una sala de estudio formada por una larga mesa, dividida por una especie de cajones estancos en los que los lectores podían aislarse fácilmente.

En lugar de colocarlo en la zona dedicada a la “Poesía en lengua extranjera” o en la “Poesía en otros idiomas”, alguien había decidido situar incomprensiblemente a Pessoa en la estantería de “Poesía española”, en medio de la Descripción de un naufragio de Cristina Peri Rossi y de los Epinicios de Píndaro. Cosas de bibliotecarios.

Había dos antologías de Álvaro de Campos (uno de los heterónimos más conocidos de Pessoa) muy antiguas y desgastadas, con las páginas amarillentas y los bordes doblados por el uso, con ese olor tan característico del papel húmedo: una de Alianza Editorial y otra de la desaparecida Editora Nacional.

La edición de Alianza tenía la peculiaridad de contener una “Breve introducción a Fernando Pessoa” escrita por él mismo (uno de los múltiples juegos literarios que tanto le gustaban), con una ficha biográfica fechada el 30 de marzo de 1935, el mismo año de su muerte.

La de Editora Nacional contenía otra rareza no menos llamativa: un texto titulado “Noticia biográfica de Álvaro de Campos”, una especie de resumen extraído de un libro de José Antonio Llardent, en preparación justo en el momento de la publicación de la antología.

Además de estos dos ejemplares desaparecidos desde hacía mucho tiempo de las librerías, auténticas joyas bibliográficas, había una edición bilingüe de la Obra Poética de Pessoa, de Ediciones 29 (otra editorial desaparecida), que contenía la célebre “Carta de Pessoa sobre la génesis de los heterónimos”, muy conocida entre los seguidores de Pessoa, y un prólogo no menos singular de Torrente Ballester.

Había otra antología bilingüe de Pessoa con el enigmático título de El misterio del mundo, mucho más reciente que las anteriores, de la Editorial Paréntesis, en una colección que llevaba por título “Orfeo”, como el nombre de la revista que Pessoa fundó junto a su amigo y compañero de letras Sá Carneiro.

Había una edición cuidadosamente ilustrada de Libros del Zorro Rojo, con cubiertas de tapa dura, con una preciosa introducción de Antonio Tabucchi, que contenía las cartas de amor que Pessoa le escribió a Ophélia, el gran amor de su vida. (Las ilustraciones de Antonio Segui le proporcionaban al volumen una apariencia engañosa de libro infantil que en absoluto se correspondía con su contenido, a pesar de que Pessoa se dirigiese habitualmente a Ophélia con diminutivos cariñosos, excesivamente pueriles, algo que enfurecía a Álvaro de Campos. Debido a esto, su heterónimo llegó a afirmar en uno de sus poemas que todas las cartas de amor son ridículas, aunque más ridículo aún es no escribirlas nunca.)

El propio Álvaro de Campos firmaba alguna de esas cartas enviadas a Ophélia (otro de los juegos literarios del poeta), en las que se refiere a Pessoa como un “abyecto y miserable individuo”, o como el “maleante de cuya comunicación (con sacrificio) me encargo”, afirmaciones que algunos exégetas interpretan como un síntoma evidente de la locura que acechaba a Fernando Pessoa, y otros en cambio como un mero divertimento sin trascendencia dentro del universo de los heterónimos literarios.

En otra estantería encontró otra maravilla: una edición del Libro del desasosiego publicada por Seix Barral, la traducida por Ángel Crespo, posiblemente el traductor español que mejor entendió a Pessoa, un ejemplar que se llevó al patio interior, con el aire aún fresco y el sol tibio del otoño que acariciaba suavemente los muros de piedra de la biblioteca.

A esa hora de la mañana, el único sonido que rasgaba el silencio era el de unos pájaros que habían confundido el jardín de la biblioteca con un oasis en medio de tanto asfalto.

 

Rubén Benítez.

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