Memorias del último superviviente: el prisionero 15919 de Mauthausen

II aniversario de la visita de José Manuel García Peruyera al IES El Calero

(Por Rubén Benítez, profesor de Filosofía del IES El Calero)

El próximo día 24 de abril se conmemora el II aniversario de la visita al IES El Calero de José Manuel García Peruyera. Me atrevería a decir que todos, alumnado y profesorado, quedamos impactados por el relato de su historia. Esta es una versión de cómo fue aquel encuentro y de que nos relató.

 

«Si en estos últimos siglos de historia hemos perdido una oportunidad, ha sido la de construir una historia en la que el hombre fuera protagonista, en lugar de ser un mero condenado.»

Ernesto Sábato, Antes del fin

 

Vestido de forma impecable, corbata y chaleco negros, a cuadros, el porte regio de un caballero inglés, la perilla de pelo abundante y cano, José Manuel García Peruyera se esfuerza en relatar los avatares de su recorrido vital por algunos de los episodios más infames de la historia del siglo XX.

-Para que la historia no se pierda y la gente sepa lo que ocurrió-, se apresura a decir ante su auditorio.

A sus casi noventa años, José Manuel conserva una vitalidad envidiable. No se trata solo de su buen talante, de su afilada ironía, de su habilidad para introducir algún chascarrillo en la parte más cruda de su relato.

Es que con apenas un gesto, un breve comentario, consigue meterse en el bolsillo a un auditorio repleto de adolescentes indolentes y desganados que se suelen aburrir soberanamente en las clases de Historia.

Sin embargo, José Manuel sabe qué decir para que los alumnos no se queden dormidos a primera hora de la mañana, para que crean que no todo está perdido, para que tomen conciencia de la importancia de sus acciones. Él mismo, la historia que cuenta, es el mejor ejemplo de ello.

-El futuro es vuestro. De vosotros depende que cosas así no vuelvan a ocurrir.

Y, de pronto, la biblioteca del instituto, repleta de alumnos del último curso de bachillerato, se convierte en un clamor parecido al de un estadio de fútbol cuando marca el equipo local.

Testigo involuntario de atrocidades que prefiere no describir con detalle, con el sentido del humor intacto, y la memoria fresca y lúcida a punto de cumplir 90 años, García Peruyera enseña sin ningún atisbo de pudor, incluso diríase que un tanto orgulloso, el número que lo identifica como uno de los supervivientes españoles de uno de los más atroces campos de concentración nazis.

José Manuel acabó en Mauthausen por ser uno de los “niños de la Guerra civil española”, la mayoría de ellos huérfanos que no tenían un porvenir muy esperanzador en su país de origen, de un total que se estima en 30.000 evacuados.

Pero también por ser uno de esos niños españoles, y no descendiente de judíos, logró sobrevivir a su estancia en el campo. Los soldados nazis tenían planes específicos para los españoles, diferentes al exterminio al que sometieron a los judíos.

 

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Tan solo un número de cinco cifras y una letra.

De una manera automática, casi instintiva, sin duda adquirida por el hábito que encierra el hecho de haberlo repetido en muchas ocasiones, lo primero que hace José Manuel García Peruyera cuando le pides una foto es remangarse el puño izquierdo de su camisa para enseñar el tatuaje de su antebrazo.

Se trata de un tatuaje algo difuminado pero fácilmente reconocible, de color azul, que muestra una cifra formada por cinco números y una letra: 15.919S. Un número de identificación, una especie de código de barras de la época, utilizado para catalogarlo en medio de muchos otros que padecieron la misma suerte que él: una escueta y dolorosa cifra que le acompañará el resto de su vida, como la marca de agua de un papel, como la cicatriz que deja una herida, como el recuerdo de un mal sueño.

Es el número que sustituye los rasgos específicos de su personalidad en un lugar que se esfuerza por borrar cualquier indicio que lo identifique como un ser humano: sus raíces, su pasado, su historia.

Tan solo un número de cinco cifras y una letra.

 

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Debido a un bombardeo que mató a toda su familia en su Oviedo natal, pasó de ser un huérfano de la Guerra civil española a mano de obra esclava en Mauthausen.

Pero, antes de llegar allí, primero recorrió media Europa: junto con otros niños, inició un periplo que lo llevaría a Francia, Bélgica, Holanda, Bulgaria, Rumanía y Hungría. Ninguno de estos países les dejaba permanecer más de tres meses dentro de sus fronteras.

Antes de Mauthausen pasó por Buchenwald, donde le tatuaron el número que lleva en su antebrazo. Allí fue donde conoció a Jorge Semprún, que para sorpresa de los que lo conocemos a través de su faceta política (fue Ministro de Cultura en la segunda legislatura de Felipe González) y de sus libros (en los que cuenta sus experiencias como prisionero de guerra), García Peruyera identifica como uno de los “prominent kapo”, es decir, uno de los “capos” que hacían labores para los nazis dentro del campo.

Y antes de eso, dice que conoció a Jacques Chirac en las dependencias del palacio de Versalles, donde llevaban a los niños que venían de España a “pasar la cuarentena”.

Claro que en aquella época no podía imaginarse que aquel niño, Santiago Cordero Marín, el menor de los hermanos Cordero Marín, asturiano de nacimiento, con el tiempo acabaría convirtiéndose en alcalde de París primero, y posteriormente en Presidente de la República Francesa.

“Jacques Chirac también fue un «niño de la guerra» español”, afirma con contundencia José Manuel, algo que nunca ha reconocido el político, ni siquiera cuando pudo decírselo cara a cara, en el transcurso de una conversación que sostuvieron García Peruyera y el entonces alcalde de París.

Con indignación, con rabia, sin dejar lugar a dudas, dice García Peruyera que Jacques Chirac, que siempre se ha declarado francés de nacimiento, desmintió su presunto origen español en aquella conversación.

García Peruyera siempre ha creído que lo hizo por un prurito de vanidad y de clasismo: no se puede llegar a ocupar el sillón de los Campos Elíseos, el puesto más importante de Francia, siendo un simple desharrapado al que adoptó una acomodada familia francesa cuando no era más que un niño demasiado joven como para tener un recuerdo nítido de aquello.

 

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Ya en Mauthausen, igual que los otros prisioneros del campo, José Manuel hizo todo lo que le ordenaban con tal de sobrevivir, de aguantar un poco más, de llegar con vida al día siguiente.

Todos los que estaban allí sabían que su suerte estaba echada de antemano, que ver un nuevo amanecer era un milagro, como se encargaban de recordarles los oficiales de las SS: “Por aquí se entra y por allí se sale”, decían a los niños del campo, con sus uniformes oscuros e inmaculados, señalando primero a la puertas de entrada del campo y luego al humo que salía por las enormes chimeneas de los crematorios donde exterminaban a los judíos.

“Por aquí se entra y por allí se sale”, repite ahora José Manuel, como hacían los de la SS con los niños prisioneros, para meterles el miedo en el cuerpo, para que se plegaran a sus órdenes sin cuestionar la autoridad ni preguntarse por el sentido de sus acciones.

Lo repite varias veces, como si fuese una especie de mantra maldito, incluso en alemán: un idioma que todavía hoy sigue poniendo en guardia sus nervios, cuando lo oye hablar en boca de los turistas que se encuentra en sus paseos de jubilado ocioso.

José Manuel vive en la actualidad felizmente retirado en la isla de Gran Canaria, muy cerca de Las Canteras, una playa de atardeceres mansos que mira al Atlántico. Vino aquí a pasar una vejez tranquila y sin sobresaltos, lejos del olor a muerte que desprendían las chimeneas de los crematorios, de los ladridos de los perros azuzados por los soldados para amedrentarlos, de los susurros ahogados en la noche del campo.

Dice José Manuel que una frase como aquella no se olvida nunca, que permanece grabada a fuego en la memoria y que, en ocasiones, no puede evitar que se cuele en sus pesadillas más amargas.

 

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¿En qué piensa uno cuando se encuentra en un campo de concentración como Mauthausen? -le pregunto a bocajarro, y un segundo más tarde de haberlo hecho, ya me estoy arrepintiendo de mi atrevimiento.

Quizás no quiera responderme, o no le apetezca rememorar de nuevo todo aquello, o desee volver a los paseos ociosos por la playa en lugar de contestar preguntas incómodas.

Pero me mira fijamente con sus ojos acuosos que han visto de todo, clava su mirada en la mía, como si tratase de calibrar qué tipo de persona soy, si un morboso que pretende regodearse en el dolor ajeno o alguien con una curiosidad sin malicia.

Ante el peso de su mirada, antes de poder ensayar alguna justificación a modo de disculpa, me dice:

-Es que, de lo que se trata en un campo de concentración, es de no-pensar. -Y añade-: El que se detiene a pensar está perdido.

He aquí que, sin pretenderlo, encuentro la lección más importante de la supervivencia: prohibido pensar en nada que no sea cómo llegar a la siguiente hora, cómo conseguir un poco más de comida, cómo no pasar tanto frío, cómo evitar un posible castigo.

En un campo de concentración no se piensa, sino que se actúa: se hace lo que te dicen que tienes que hacer, sin cuestionarte nada, porque la prioridad es llegar con vida al día siguiente, volver a ver un amanecer. Y todo lo demás queda supeditado a esto.

 

* * * *

 

“Por aquí se entra y por allí se sale”.

Una frase que precipita los resortes del miedo, todos los mecanismos instintivos de supervivencia que no sabemos que existen hasta que las circunstancias obligan a activarlos, y que te empujan a hacer cosas que nunca creerías que podías hacer hasta que te ordenan hacerlo.

A José Manuel lo obligaron a limpiar las heces y los vómitos de los judíos que iban a entrar en las cámaras de gas, pero no por razones de higiene o de salubridad, sino en busca de las piezas de oro que los prisioneros intentaban esconder dentro de sus cuerpos con la esperanza de que aquel oro les pudiese ayudar en algún momento, puede que para escapar de aquel infierno o para establecerse en algún lugar lejos de allí.

José Manuel relata cómo los soldados alemanes, antes de mandar a los prisioneros judíos a las duchas, les decían que memorizasen el número que les habían ordenado poner a sus pertenencias, para poder identificarlas posteriormente, cuando saliesen de la ducha.

José Manuel era uno de los que sabían que eso nunca llegaría a suceder.

 

* * * *

 

Otra de sus tareas era la clasificación de los objetos de valor que procedían de las pertenencias de los judíos.

Allí, junto a otros niños españoles, en un lugar que denominaban el “almacén de las requisas”, José Manuel separaba y ordenaba los objetos de valor, cada uno en el lugar que le correspondía, los anillos con los anillos, los relojes con los relojes, las dentaduras de oro con las dentaduras de oro.

Fue en el “almacén de requisas” donde García Peruyera vio pasar a algunos de los principales líderes del partido nazi, como el Reichsführer de la Schutzstaffel (SS), Heinrich Himmler, al que Hitler le había encomendado la tarea de supervisar los campos de concentración del Tercer Reich, “que entró en el almacén y salió con dos bolsas cargadas de oro”.

Y también vio a Josef Menguele, apodado “el ángel de la muerte”, que solía acercarse al almacén por las mañanas, observando con atención las joyas que había encima de la mesa, y “que se apoderaba de todo aquello que le apetecía sin mediar palabra”.

Mientras estuvo “trabajando” en el almacén, José Manuel nunca supo quién era Menguele, ni a qué se dedicaba, sino que se enteró más tarde, cuando los aliados liberaron el campo y unos amigos judíos le mostraron una fotografía suya para ayudarle a identificarlo.

Entonces fue cuando supo de los experimentos mortales que hacía el siniestro doctor con los prisioneros, incluidos mujeres y niños.

 

* * * *

 

Tras varias charlas seguidas, hablando sin interrupción durante más de dos horas, José Manuel García Peruyera ha pedido ir a algún sitio tranquilo. Quiere darse un respiro y descansar un poco su maltrecha garganta:

-Después de todas las cosas que les he contado, creo que al menos me merezco un vaso de agua.

Haciendo gala de un fino sentido del humor, del que ya había dejado varias muestras instantes antes entre el alumnado, vuelve a arrancar las carcajadas de todos los presentes.

En la cafetería que se encuentra dentro del propio instituto, sentados alrededor de una mesa repleta de cafés y de vasos de agua, aun tuvimos algo de tiempo para charlar sobre otros aspectos de su rutina habitual.

Dijo que se encontraba un poco cansado, a su edad, de aquel periplo contando su experiencia por tantos centros educativos; que esa misma semana tenía varios encuentros programados con otros estudiantes; pero que, al final, hechas las sumas y las restas, le daba mucha energía impartir aquellas charlas, porque les permitía estar en contacto permanente con los jóvenes:

Después de las charlas, preguntó varias veces la hora. Le preocupaba llegar tarde a su próximo encuentro esa misma mañana con otros estudiantes. Aunque un profesor del centro se había comprometido a llevarlo con puntualidad a su próximo destino (él ya no conducía desde hacía muchos años), no quería que se le echara el tiempo encima.

Solo después de comprobar que podía permitirse un breve descanso antes de irse, echó otro trago a su vaso a agua y añadió:

-Es que me han pedido que no cuente demasiados detalles -explicó-. Tampoco podría contar todo lo que he vivido, porque no me lo perdonaría a mí mismo -añadió, a modo de disculpa.

Le habían aconsejado que intentase transmitir su mensaje de la forma más amable posible, que las charlas no se convirtiesen en una experiencia excesivamente traumática, y que intentase que la experiencia no les dejase a los chicos un poso de amargura, sino un mensaje de optimismo.

-Para que lo que me ocurrió a mí no caiga en saco roto -dijo, con su voz un poco mejorada-. Y que sirva a las nuevas generaciones como ejemplo.

 

* * * *

 

Antes de despedirnos en la puerta del instituto, García Peruyera me había preguntado si alguien podría certificar de alguna manera que había acudido a impartir aquella charla.

¿Un certificado de asistencia? No pude evitar preguntarme para qué necesitaría alguien como él, a su edad, con la experiencia que llevaba a sus espaldas, algo así como justificar un currículum.

Ante mi mirada de sorpresa, me replicó:

-Es para ayudarme a recordar los sitios por donde he pasado.

Mientras se subía con cierta torpeza al coche que iba a conducirlo a su nuevo destino, donde iba a impartir otra charla en pocos minutos, ante otro auditorio abarrotado de adolescentes, no pude evitar pensar en la última respuesta que me había dado, cuando algunos de los profesores aprovechamos para preguntarle por cosas que se nos habían quedado en la cabeza:

-Ya se sabe: es lo que tiene la guerra.

 

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