El prisionero 15919

Por Rubén Benítez (Profesor de Filosofía del IES El Calero)

 

«Había vivido el Apocalipsis y necesitaba que se supiera. Muchos estuvimos allí, luchando por la libertad y la democracia. Pronto me convencí de que nos habían enterrado muy hondo, tanto que hoy en día siguen sin ser exhumados todos nuestros recuerdos. Se ha gritado fuerte, pero no creo que hayamos sido escuchados como merecemos.»

Ignacio Mata Maeso, Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto

 

 

Cuando aún era un niño, José Manuel García Peruyera huyó de su Oviedo natal, tras un bombardeo que mató a toda su familia, en un peregrinaje que le cambiaría su vida para siempre.

Varias décadas después, a punto de cumplir 90 años, con la memoria fresca y lúcida, en su retiro de jubilado cerca de una playa del Atlántico en la que vive, no puede evitar un resquicio de dolor al contar su historia.

“Aún tengo pesadillas por las noches”, señala, “cuando al día siguiente tengo que ir a dar una charla a los chavales en los centros educativos”. Vista a la luz de la actualidad, su historia no puede ser más conmovedora.

Por eso, José Manuel va contando a todo aquel que quiera acercarse a escuchar la dramática historia de su vida, en los centros educativos, en las asociaciones de vecinos, en las bibliotecas municipales. “Para que la gente sepa lo que ocurrió y la historia no se repita”.

 

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Cincuenta y dos días después del comienzo de la Guerra Civil española, Oviedo fue bombardeada por las fuerzas militares de la II República. Era el 10 de septiembre de 1936 y, a primera hora de la mañana, habían sonado en toda la ciudad las sirenas de alarma. Junto a otros muchos civiles de la zona, la familia de José Manuel García Peruyera había acudido por razones de seguridad al refugio antiaéreo habilitado por las autoridades. Toda su familia, menos el joven José Manuel, que había ido a cumplir un recado que le había encargado su madre a una farmacia cercana.

Tras haber cumplido el encargo de su madre, una bomba entró por el patio de luz del edificio donde aguardaban aquella mañana unos ciento veinte civiles refugiados, incluida toda su familia.

La bomba lo destruyó todo. Aquel recado consiguió salvarle la vida al joven José Manuel, pero también lo convirtió en una de las innumerables víctimas indirectas de la guerra civil española. “En unos segundos perdí a toda mi familia y a todos mis vecinos”, afirma José Manuel.

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A partir de aquel funesto momento, la vida de José Manuel se convierte en una peripecia de proporciones épicas. De Oviedo pasó a la zona republicana, y una vez allí pasó a formar parte del contingente de niños denominado los “niños de la guerra”, que tenía como destino países como Inglaterra, Francia o Rusia.

Como a muchos otros “niños de la guerra”, a José Manuel le tocó como destino Francia, y tuvo la mala suerte de que el país vecino fue rápidamente invadido por las tropas de Hitler.

En la Francia ocupada por los nazis pasó por varios centros de internamiento. Y desde allí comenzó un largo peregrinaje por varios países europeos como Bélgica, Holanda, Rumanía, Bulgaria o Hungría, hasta que recaló en Mauthausen, uno de los campos de concentración nazis más devastadores (con permiso del campo de exterminio de Auschwitz), que es el que marcaría el resto de la historia personal de José Manuel.

 

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Pero antes de llegar a Mauthausen estuvo en el campo de concentración de Buchenwald, donde le tatuaron en el antebrazo izquierdo el que sería su número de identificación: el prisionero 15919, su seña de identidad a partir de entonces: una cifra con cinco números que le acompañaría el resto de su vida.

También fue en Buchenwald donde conoció a Jorge Semprún, que posteriormente llegaría a convertirse en Ministro de Cultura español durante la segunda legislatura de Felipe González, y en un reputado escritor, con una obra de fama internacional formada por títulos emblemáticos como El largo viaje, La escritura o la vida o Veinte años y un día, precisamente basada en su experiencia personal como prisionero de los nazis y en su paso por los campos de concentración.

Pero la imagen de Semprún que conserva José Manuel contrasta con la que tiene la mayoría de la población del que fue dirigente clandestino del Partido Comunista. Según García Peruyuera, Semprún fue

un “kapo” (un “Kameradschaftspolizei”) en el campo de concentración, es decir, un preso que contaba con ciertos privilegios concedidos por los nazis a cambio de que hiciera trabajos para ellos, algo que García Peruyuera no puede perdonarle cuando se refiere a él.

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Después de Buchenwald vino la etapa de Mauthausen. Para hacerse una idea de la crueldad de los nazis en este campo, basta pensar en lo que les decían los oficiales de las SS a los niños que estaban a sus órdenes: “Por aquí se entra y por allí se sale”, mientras señalaban primero a la puertas de la entrada del campo y luego al humo que salía por las enormes chimeneas de los crematorios donde exterminaban a los judíos.

Sin embargo, no eran las chimeneas de los crematorios el destino que los carceleros del campo les tenían reservado a los niños españoles. En este sentido, podría pensarse que los niños españoles “tuvimos suerte”, como se apresura a resaltar José Manuel, sobre todo, si se compara su destino con el que tuvieron sus compañeros judíos: “Escuchábamos los gritos de los otros y pensábamos que mañana podría tocarnos a nosotros”.

Y es que a ellos, a los españoles, tenían encomendada la tarea de recoger, ordenar y clasificar los objetos de valor de los prisioneros judíos que morían en las cámaras de gas: “Teníamos que separar cuidadosamente cada objeto con los que les correspondía y ordenarlos en diferentes cajones”.

Hablamos de todo tipo de objetos: anillos, relojes, dentaduras. A los alemanes sobre todo les interesaba el oro, algo que les podía resultar muy útil tanto en el mercado negro como después de la guerra.

Aunque, en esto, no se diferenciaban los soldados alemanes de los aliados que liberaron el campo durante los últimos días de la guerra. Según José Manuel, lo primero que hicieron los aliados cuando entraron en el “almacén de las requisas”, fue buscar el oro que los nazis habían robado a los judíos. Pero el oro ya no estaba allí, pues todo lo de valor se lo habían llevado los alemanes en su huida.

Atrás quedaban seis años de una guerra que dejó como saldo millones de víctimas y una Europa destruida.

* * * *

Si se tiene en cuenta todo lo que le tocó vivir inesperadamente, de forma accidental, en el discurso de José Manuel no se aprecian rastros de ira, ni mucho menos de venganza. Más bien algún atisbo de dolor contenido o de una tristeza insobornable por lo ocurrido, porque sin duda considera innecesario el sufrimiento del ser humano provocado por otros seres humanos, sea por el motivo que sea.

Eso sí, afirma que no puede evitar que se le revuelvan las emociones en algún rincón de su interior cuando oye hablar el idioma alemán cerca de él. Y que nunca podrá perdonar a sus verdugos.

 

Para ver algunos fragmentos de la intervención de José García Peruyera en el IES El Calero:

 

 

 

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