Borges (IV). El problema de la fugacidad

Por Rubén Benítez (Profesor de Filosofía del IES El Calero):

«El río me arrebata y soy ese río. / De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo. / Acaso el manantial está en mí. / Acaso de mi sombra / surgen, fatales e ilusorios, los días.»

Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra

 

Uno de los orígenes de la angustia de vida en Borges reside en su acentuada conciencia de la fugacidad del tiempo. Son numerosos los textos en la producción borgesiana que alude directa o indirectamente a este tema.

Un buen ejemplo de ello son los poemas que dedica a Heráclito y el río como símbolo de esa fugacidad. En un poema suyo, titulado precisamente “Heráclito”, la angustia que produce la fugacidad tiene un doble origen.

Primero, el río de Heráclito en el que nos bañamos simboliza la fugacidad del tiempo, el devenir incesante, la diferencia y el cambio de la realidad que nos rodea. Pero, al mismo tiempo, nosotros también estamos hechos de esa “materia deleznable, de “misterioso tiempo”: igual que aquello que nos rodea, somos una realidad que deviene. Por eso, el “manantial” del que surge el río se encuentra en nosotros. No sólo vivimos en medio del tiempo, sino que somos seres hechos de tiempo, lo cual acentúa la conciencia de nuestra fragilidad.

Sobre esta influencia de la filosofía de Heráclito, el propio Borges escribió: “Yo diría que siempre sentimos esa antigua perplejidad, esa que sintió mortalmente Heráclito en aquel tiempo al que vuelvo siempre: nadie baja dos veces al mismo río. ¿Por qué nadie baja dos veces al mismo río? En primer término, porque las aguas del río fluyen. En segundo término –esto es algo que ya nos toca metafísicamente, que nos da como un principio de horror sagrado-, porque nosotros mismos somos también un río, nosotros también somos fluctuantes. El problema del tiempo es ése. El problema de lo fugitivo: el tiempo pasa” (“El tiempo”, en Borges, oral).

Basándose en esta idea, en el poema anterior, Borges compara la identidad con una “sombra”, un recurso muy habitual en la tradición literaria occidental, para subrayar esta esencial fugacidad de nuestro ser.

En otro poema con el mismo título, Borges da una vuelta de tuerca al tema de la fugacidad, de nuevo inspirado en la filosofía de Heráclito. El poema comienza con una recreación imaginaria del momento en el que a Heráclito, sentado frente a un río, se le ocurre su famoso aforismo: “Se mira en el espejo fugitivo / y descubre y trabaja la sentencia / que las generaciones de los hombres no dejarán caer. Su voz declara: / Nadie baja dos veces a las aguas / del mismo río. Se detiene. Siente / con el asombro de un horror sagrado que él también es un río y una fuga”.

Sin embargo, a continuación el poema da un giro y el lector comprueba que el verdadero protagonista del mismo no es Heráclito, sino un “hombre gris” que ha soñado con Heráclito y que “entreteje endecasílabos para no pensar tanto en Buenos Aires y en los rostros queridos”, lo que hace pensar en el propio Borges inmortalizado en uno de sus poemas.

La metáfora del sueño en el que aparece Heráclito aumenta la sensación la irremisible fugacidad que conlleva el paso del tiempo. Borges, buen conocedor de la tradición literaria, introduce este recurso en su obra, como antes habían hecho autores como Píndaro al declarar que el ser humano es el “sueño de una sombra”, Calderón de la Barca en su libro La vida es sueño, o Shakespeare cuando dijo que “estamos hechos de la madera de los sueños”.

Pero no se trata únicamente de su poesía: en los relatos de Borges también encontramos vestigios de este tema universal. Por ejemplo, su preocupación por el tema del doble, que desarrolla en “El otro” (El libro de arena), podría interpretarse como una consecuencia de esta preocupación: ¿Cómo sería un encuentro con nosotros mismos, pero mucho más jóvenes de lo que somos ahora, cuando el paso del tiempo nos ha convertido en “otras” personas? ¿Seguimos siendo “el mismo” o, por el contrario, podemos no reconocernos en este espejo deformado por el tiempo? Incógnitas como éstas son las que responde Borges en este relato.

“El otro” es un relato típico de la producción borgesiana. En ellos se antepone la fuerza de la trama a la caracterización de los personajes, apenas existente. A Borges no le interesa la prolífica descripción del mundo interior de los personajes, tan característica de la novela psicológica de finales del XIX.

Sus personajes no suelen tener pasado ni futuro. Tampoco deseos o frustraciones. Son personajes cotidianos en circunstancias normales con los que el lector se identifica fácilmente y que, de repente, se encuentran con un objeto mágico o en medio de un acontecimiento insólito. Debido a esto, algunos críticos han considerado a Borges un escritor excesivamente frío, “racionalista” y, a menudo, hermético.

Tampoco es frecuente encontrar personajes femeninos en su obra. Las apariciones esporádicas de estos personajes, como en “El Aleph”, tienen un papel secundario dentro de la historia. En efecto, Borges no es un escritor preocupado por el deseo amoroso o las pulsiones que dirigen la voluntad del ser humano. Si bien es cierto que buena parte de sus poemas tratan sobre el sentimiento amoroso, lo hacen con “pretensión de universalidad”, sin profundizar en sus matices.

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